Google DeepMind y Anthropic contratan filósofos. Sam Altman ha contado que consultó a cientos de ellos para pensar cómo deberían comportarse los sistemas de inteligencia artificial. La noticia puede leerse como una reivindicación de la filosofía en el mercado laboral. Pero esa no es la discusión de fondo.
La pregunta es: ¿Qué capacidad necesitamos para vivir con sistemas que responden, recomiendan, clasifican y toman decisiones cada vez más cerca de nosotros? La respuesta no es solamente formar más filósofos. Es formar personas capaces de pensar por sí mismas.
Eso significa algo bastante concreto: no aceptar una respuesta porque una máquina la entregue con seguridad, pedir evidencia, identificar los supuestos detrás de una recomendación, contrastar fuentes, reconocer un error y cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos. En otras palabras, ejercer pensamiento crítico.
El filósofo francés Stéphane Vinolo, docente de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, advierte que si estos sistemas terminan gestionando funciones que hoy corresponden al Estado, las empresas que los controlan “estarán por encima de los estados”. Su conclusión es tajante: “no estamos listos”. Más allá del debate sobre el papel de los filósofos en la industria tecnológica, la advertencia plantea un problema ciudadano: ¿Estamos formando personas capaces de cuestionar las decisiones de sistemas cuyo funcionamiento no conocen?
La pregunta importa porque la inteligencia artificial puede hacer algo muy atractivo: pensar por nosotros cuando hacerlo resulta incómodo, lento o difícil. Puede resumir un texto en segundos, redactar un argumento, escoger entre alternativas, explicar una enfermedad, recomendar una compra o proponer una respuesta. El beneficio es evidente. El riesgo aparece cuando la comodidad reemplaza al juicio.
Un estudio publicado en 2025 por Michael Gerlich, investigador de la SBS Swiss Business School, aporta un dato que merece atención.
A partir de 666 participantes, encontró una correlación entre un mayor uso de herramientas de IA y un menor desempeño en pruebas de pensamiento crítico. Gerlich relaciona este resultado con la llamada “descarga cognitiva”: delegar en una herramienta tareas mentales que antes exigían un esfuerzo propio. Los participantes más jóvenes mostraron, además, mayor dependencia de la IA y menores resultados en las pruebas.
El estudio no demuestra que utilizar inteligencia artificial provoque por sí mismo un deterioro del pensamiento crítico. Una correlación no permite establecer esa causalidad. Pero sí plantea una pregunta que sería irresponsable ignorar: si una persona se acostumbra a recibir la respuesta antes de construir el razonamiento, ¿qué ocurre con su capacidad para razonar?
Ecuador ya reconoce ese riesgo. El Ministerio de Educación incluye la “dependencia excesiva a esta tecnología”, que “podría afectar el desarrollo del pensamiento crítico”, entre los riesgos asociados al uso de inteligencia artificial en las aulas. La guía oficial también plantea la necesidad de capacitar a la comunidad educativa y promover debates éticos y filosóficos sobre la IA.
El problema es que reconocer el riesgo no basta. La pregunta siguiente es qué significa enseñar pensamiento crítico cuando una máquina puede producir, en segundos, una respuesta que parece razonable.
No se trata de enseñar a los estudiantes a desconfiar de toda respuesta generada por IA. Tampoco de convertir la tecnología en el enemigo del aula. Se trata de enseñar algo más difícil: a verificar antes de aceptar, a preguntar antes de delegar y a argumentar antes de concluir.
Ecuador no parte de cero. Filosofía forma parte del Bachillerato General Unificado y tiene lineamientos curriculares orientados al desarrollo del pensamiento filosófico. Pero sería un error convertir esta discusión en una defensa automática de más horas de filosofía. Christian Arteaga, docente de la nueva Carrera de Filosofía de la Universidad Central del Ecuador, plantea la importancia de mantener un “distanciamiento del objeto” precisamente cuando la disciplina adquiere mayor relevancia.
Ese distanciamiento resume bien lo que debería exigirse a la educación frente a la IA. No basta con saber utilizar una herramienta. Hay que conservar la capacidad de tomar distancia de ella.
El pensamiento crítico, además, no pertenece a una sola asignatura. Un estudiante puede aprender a cuestionar una afirmación en historia, evaluar la evidencia de un experimento en ciencias, revisar los supuestos de un problema matemático o distinguir una fuente confiable de una dudosa en cualquier rama.
La IA vuelve esa capacidad más urgente porque ahora puede producir respuestas convincentes sin que el usuario tenga que haber hecho previamente el trabajo intelectual que les da sentido.
Por eso, la contratación de filósofos por las grandes empresas tecnológicas es interesante. Esas compañías necesitan personas capaces de discutir qué valores deben orientar sistemas que afectan a millones de usuarios. Pero, la sociedad necesita algo complementario: ciudadanos capaces de discutir, cuestionar y eventualmente rechazar las respuestas que esos sistemas les ofrecen.
La IA puede hacer cada vez más cosas por nosotros. La educación debería asegurarse de que pensar no sea una de ellas. El pensamiento crítico no es un lujo académico. Es la capacidad que permite conservar el juicio propio cuando una máquina parece tener siempre una respuesta correcta.
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