Las vacaciones escolares en la Sierra y Amazonía no solo son 60 días sin clases. Para muchos niños, niñas y adolescentes es un período sin vigilancia. No hay actividades seguras ni alternativas. Entonces, ¿Quién cuida de los más pequeños cuando no están en la escuela?
En sectores vulnerables, las vacaciones no significan recreación. Significan exposición. A las calles. Al trabajo infantil. A las bandas criminales que los usan como carne de cañón. Se enfrentan a la violencia. A los accidentes. A las drogas. No es exageración. Es una realidad.
Según los datos del Ministerio de Trabajo, en 2024, la tasa de trabajo infantil fue de 12,1%.
Por ejemplo, Cotopaxi y Napo superan el 50% de niños en esta situación. Además, 272 menores fueron asesinados en Ecuador en los primeros cinco meses de 2025.
En particular, en zonas donde la escuela es el único espacio seguro, el cierre del ciclo escolar deja a miles de niños sin una rutina estructurada. De hecho, solo en Quito, el Patronato San José calcula que 7 000 menores de edad están en riesgo de explotación laboral o mendicidad.
Asimismo, en las zonas rurales todavía hay quienes piensan que los hijos deben ‘ayudar’ en casa o en el campo desde pequeños. Que jugar es perder el tiempo. Sin embargo, la ciencia es clara: el juego es una herramienta clave para el aprendizaje, el desarrollo emocional y el crecimiento físico. Y cada edad necesita el juego de manera distinta.
Por lo tanto, no se trata solo de entretener. Se trata de construir infancias saludables. De estar presentes y prevenir. En consecuencia, la ausencia de opciones vacacionales –gratuitas o asequibles– profundiza las desigualdades. Porque quienes no tienen recursos o a su tiempo libre no se le da importancia quedan al margen. Y los más pobres se enfrentan solos al abandono.
El 77,8% de los hogares con niños trabajadores vivieron en pobreza, en 2024. Este porcentaje sube al 97,5%, en provincias como Napo.
No obstante, no se trata solo de crear vacacionales, sino de garantizar que lleguen a las comunidades más necesitadas, alejadas, olvidadas. En otras palabras, no es privilegio de pocos. Es un derecho a la recreación.
Así, las vacaciones no son un paréntesis en la responsabilidad colectiva. Padres, Estado, gobiernos municipales, parroquiales, sector privado, organizaciones sociales no solo deben tener opciones. También hace falta que trabajen juntos para abrazar a los más pequeños.
Por otro lado, tampoco puede ser una época en que se entregue a los niños a las pantallas sin guía, como si el celular pudiera reemplazar el acompañamiento adulto. Recordemos que la sobreexposición digital también es una forma de abandono.
Un niño sin ocupación, sin supervisión, sin protección, es un niño en riesgo. Y un adolescente sin oportunidades es una presa fácil para el crimen organizado. Actualmente, hay por lo menos 1,7 millones de menores de edad en la Sierra y Amazonía que demandan atención.
Por ello, estas vacaciones son una oportunidad para cerrar brechas en ambas regiones. No debemos abrir más heridas. Dos meses no pasan desapercibidos. Este tiempo marca la diferencia entre seguir aprendiendo o empezar a rezagarse. Entre sentirse parte o sentirse invisible.
Que el descanso no se convierta en olvido. Las vacaciones escolares no son excusa para mirar a otro lado, para descuidar a las infancias.