Radio Puntual FM Riobamba

Cambio climático ya modifica la vida cotidiana ecuatoriana

El cambio climático suele sentirse lejano mientras se expresa en grados, anomalías oceánicas o proyecciones. Deja de ser abstracto cuando cambia el precio del almuerzo, obliga a cerrar una vía por humo, reduce una cosecha o altera la jornada de quien trabaja bajo el sol. Ecuador está entrando cada vez más en esa dimensión cotidiana del clima.

En Quito, la libra de corvina llegó esta semana a entre 9 y 10 dólares, frente a los 6 que costaba antes, según comerciantes del Mercado América. No responde a una sola causa: el calentamiento del mar asociado con El Niño ha desplazado especies hacia aguas más frías, mientras la inseguridad y el mayor costo del combustible también encarecen la pesca. La consecuencia termina lejos de la costa, en la mesa de una familia serrana.

El Niño está firmemente establecido y la Organización Meteorológica Mundial prevé una probabilidad cercana al 100% de que persista hasta febrero de 2027. Pero conviene separar fenómenos. El Niño es una oscilación natural; no existe evidencia de que el cambio climático aumente necesariamente su frecuencia o intensidad. Lo que sí ocurre es que un océano y una atmósfera más cálidos pueden amplificar impactos como calor extremo y lluvias intensas.

Esa diferencia evita explicaciones fáciles. Tampoco todo incendio forestal es causado por el cambio climático. La ignición puede originarse en acciones humanas u otras circunstancias. Sin embargo, temperaturas más altas, vegetación seca y baja humedad crean condiciones más favorables para la propagación. Según un balance preliminar de la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos, hasta el 15 de septiembre de 2026 los incendios habían afectado 1 245,96 hectáreas en Quito. La temperatura media anual de la ciudad aumentó 0,7 grados al comparar 2004-2009 con 2020-2024.

En el campo, el problema toma otras formas. La FAO y la OMM advierten que el calor extremo presiona cultivos, ganado, pesca y productividad laboral. Sequías, lluvias intensas o cambios en las temporadas pueden modificar rendimientos, disponibilidad de agua, precios y empleos. En las ciudades, el efecto aparece en salud, consumo eléctrico, movilidad, abastecimiento y calidad del aire.

Lo peligroso es la capacidad humana de normalizar lo excepcional. Una emergencia concentra atención durante algunos días; luego desaparece de la conversación hasta el siguiente incendio, inundación o escasez. Esa memoria corta debilita la prevención.

Prepararse exige convertir información climática en decisiones ordinarias: alertas tempranas, planes agrícolas, protección de fuentes de agua, ordenamiento territorial, infraestructura resistente, protocolos de salud frente al calor y presupuestos que no aparezcan únicamente durante la crisis. También requiere datos públicos que permitan saber qué medidas funcionaron.

La adaptación, por eso, no es una agenda ambiental separada de la economía. Es una política de seguridad alimentaria, salud pública, productividad, infraestructura y protección social, especialmente para quienes tienen menos margen económico.

Ecuador no necesita atribuir cada problema cotidiano al cambio climático. Necesita comprender que el clima ya modifica condiciones sobre las que organizamos la economía y la convivencia.

La prevención empieza cuando dejamos de tratar cada impacto como una sorpresa y entendemos que adaptarse también consiste en proteger el bolsillo, la salud y la rutina.

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