
“Se me va la vida en cocinar,” se quejaba mi querida amiga recientemente. A cargo de una familia de gente de buen diente, eso es justo lo que pasa. El tiempo que nos toma comprar, transportar, almacenar, y procesar alimentos es solo el principio. Luego viene la eterna pregunta ‘¿qué les hago de almuerzo?’ Tras una deliberación aburrida y tediosa, se llega a la respuesta, y recién ahí se sube una las mangas y empieza el ejercicio de cocinar.
Es interesante analizar a la especie humana, la cual derrocha una inmensa cantidad de energía — y la del planeta — en crear cosas para comer. Luego se esmera en pasarla por una enorme cadena de procesos que terminan por entregar dicha comida a puntos de venta. De aquí, billones de humanos escogen lo mejor que pueden respecto a su presupuesto, gusto, y destreza culinaria, y se contentan con llevarse la comida a casa. Algunas cosas duran una tarde. Otras, menos populares, se van incorporando a platos obligatorios. Finalmente, queda lo que ya nadie tuvo la buena voluntad de cocinar. Otro grupo más de humanos se dedica a ‘desaparecer’ estos alimentos no deseados, para que se sienten al sol en lugares que la mayoría de nosotros preferimos no ver ni de lejos.
Estaba yo filosofando esta semana sobre a qué nos vamos a dedicar los humanos una vez que la inteligencia artificial reemplace los trabajos de oficina, de fábrica, y en general todas las carreras que hoy en día los jóvenes, alentados por sus padres dinosaurios, estudian con ahínco en la universidad.
Así como la revolución industrial reestructuró todo el orden social que hasta entonces regía en el mundo, y de paso fregó el medio ambiente, así también como la revolución verde reestructuró los sistemas alimentarios hasta el punto de la obesidad, y de paso fregó más el medio ambiente, así mismo, la revolución de la inteligencia artificial — todavía están trabajando en un mejor nombre, pero hay que darles chance — va a significar un cambio irreversible en el mundo laboral y lo que consideramos un uso productivo de nuestro tiempo. Y claro, va a terminar de fregar el medio ambiente, pero ignoremos esa parte, para hacer como nuestros antepasados.
Mientras unos se comen las uñas pensando qué van a hacer de sus vidas cuando no existan los trabajos que hoy en día les dan algo qué hacer, otras les quedamos viendo, perplejas de que se coman las uñas en vez de comerse lo que con tanto esfuerzo les hemos puesto en el plato. Hay trabajos, querido lector, que definen una era, y hay otros que definen nuestra humanidad. Los de la humanidad no vienen, tradicionalmente, con opciones de compra de acciones, seguro dental, ni días libres.
Había una vez un académico erudito que vivía en una ciudad moderna, rodeado de una élite de intelectuales. Trabajaba como profesor en una universidad de primer orden, y asistía a conferencias y eventos donde su intelecto lo destacaba. Un buen día, sin que nadie lo pudiese anticipar, desapareció. Por dos años nadie supo de él. Se había divulgado el rumor de que estaba muerto — porque si hay algo que les encanta a los círculos de intelectuales es chismear hipótesis, — cuando de pronto, de la nada, se asomó.
Resulta que el erudito había alcanzado tal nivel de sabiduría, que llegó a entender que su condición humana estaba incompleta. Se había pasado la vida alimentando su mente, pero su alma sufría hambruna. Se fue, entonces, a vivir entre gente humilde en un país lejano, donde en vez de ofrecer su intelecto, ofreció sus dos manos. Así, se convirtió en el lavaplatos de una pequeña comunidad. Una tarea básica, dirán algunos, una contribución mínima, dirán otros más. Sin embargo, esta aparente pequeña labor le fue devolviendo su humanidad: conectándolo con los cocineros, que agotados agradecían que alguien más tome la batuta, y con los comensales, quienes ahora tenían el lujo de retirarse de la mesa sin más que una sonrisa de gratitud.
Lo que más me gusta de este cuento es que es una historia de la vida real. Aquí la única alteración que he hecho es cambiarle de sexo al protagonista, para que se alinie con los prejuicios de un lamentablemente alto porcentaje de lectores. La académica erudita vive en el hemisferio norte, donde pocos dejarían un puesto de profesorado para ir a lavar platos. Colorín, colorado.
