Radio Puntual FM Riobamba

La confianza como base institucional

La confianza, y credibilidad de los países, no aparecen por decreto. Tampoco puede imponerse mediante discursos. Se construye lentamente, a través de instituciones que funcionan, de reglas que se respetan y de comportamientos que, repetidos durante años, terminan convirtiéndose en costumbre. Esa es, quizá, la naturaleza más profunda de las instituciones. No son únicamente constituciones, ministerios o tribunales. Son expectativas compartidas acerca de cómo una sociedad decide convivir. Son acuerdos que sobreviven a los gobiernos porque han dejado de depender exclusivamente de la autoridad y han pasado a formar parte de la cultura.

Pero incluso las instituciones más sólidas tuvieron alguna vez un comienzo. Ninguna nació plenamente formada ni fue el resultado de una fórmula aplicada desde fuera. Surgieron cuando una sociedad, enfrentada a determinadas circunstancias, comprendió que no podía seguir resolviendo sus problemas de la misma manera. En ese momento, algunas comunidades eligieron organizar la cooperación; otras prefirieron prolongar la confrontación. Algunas limitaron el poder; otras confiaron en que un poder más fuerte resolvería aquello que la sociedad no había sido capaz de ordenar. Con el tiempo, esas decisiones fueron trazando caminos distintos.

Las naciones no quedan determinadas para siempre por su pasado, pero tampoco pueden escapar de él sin comprenderlo. Heredan instituciones, costumbres, desigualdades, temores y formas de relacionarse con la autoridad. Reciben también relatos sobre sí mismas: historias de grandeza o de fracaso, de unidad o de fragmentación, de confianza o de sospecha. Esos relatos influyen en lo que una sociedad considera posible. Un país que se piensa condenado difícilmente emprenderá una transformación de largo plazo. Uno que se imagina capaz de aprender comenzará, en cambio, a mirar sus limitaciones como desafíos y no como destinos.

Por eso, construir el futuro exige algo más que formular políticas públicas. Requiere modificar las expectativas con las que los ciudadanos interpretan su relación con el Estado, con la ley y entre sí. Si la experiencia enseña que las reglas cambian según la conveniencia del gobernante, la conducta racional será buscar protección antes que competir. Si se demuestra que el esfuerzo no recibe reconocimiento y que la cercanía al poder vale más que el mérito, las personas aprenderán a cultivar influencias en lugar de capacidades. Si incumplir resulta más rentable que cumplir, la transgresión dejará de ser una excepción y terminará convirtiéndose en una forma cotidiana de supervivencia.

Las instituciones producen comportamientos, pero los comportamientos también terminan produciendo instituciones. Existe entre ambos una relación circular. Una ley respetada fortalece la confianza; la confianza facilita la cooperación; la cooperación mejora el funcionamiento de la ley. Del mismo modo, una norma incumplida debilita la credibilidad de la autoridad; esa debilidad estimula nuevos incumplimientos y cada incumplimiento confirma la sospecha de que las reglas carecen de valor. Las sociedades pueden quedar atrapadas tanto en círculos virtuosos como en círculos viciosos. La diferencia entre unos y otros rara vez aparece de inmediato, pero se vuelve enorme cuando se acumula durante generaciones.