La noción de “desarrollo” se ha arraigado en el discurso colectivo como una verdad incuestionable, sugiriendo que las naciones transitan por una escala lineal, desde el subdesarrollo hasta la plenitud. Esta perspectiva, sin embargo, introduce una ideología que clasifica a los países basándose en su “grado de desarrollo”, comúnmente medido por indicadores cuantitativos como el ingreso per cápita. Se nos ha condicionado a creer que el camino inevitable de un país es ascender por esta escalera, con el objetivo fundamental de acelerar dicho proceso.
La falacia de este enfoque radica en su linealidad y en la imposición de una vía única. Si bien la insatisfacción con el status quo y el deseo de “progresar” son universales, la trampa se esconde en la reducción del desarrollo a un número. Aunque se reconoce que el desarrollo abarca más que el mero crecimiento económico (incluyendo esperanza de vida, educación y estabilidad política), la identificación con un valor numérico lleva implícitamente a la imitación de modelos externos. No obstante, esta premisa es falaz. No existe razón alguna para adoptar modelos ajenos ni de rechazarlos por completo. El verdadero desarrollo es un término relativo, intrínsecamente ligado a las metas que cada país se autoimpone, a su propio Proyecto Nacional. El avance solo tiene sentido si se especifica “hacia dónde”. El camino de un país es su propio Proyecto Nacional, su estilo distintivo de desarrollo.
La ausencia de un Proyecto Nacional explícito nos expone a la vulnerabilidad de la falacia cuantitativa. Un Proyecto Nacional claro y definido permite establecer una pauta y una medida propias del desarrollo, que entonces sí podrán cuantificarse de la manera más útil y pertinente para el contexto específico. No hay un único estilo de desarrollo; existen múltiples y diversos en su contenido.
En el caso de Ecuador, existe un clamor porque el gobierno defina los objetivos y el rumbo a seguir en los próximos años. La actual indefinición genera incertidumbre sobre si se optará por reacciones de última hora ante problemas apremiantes, por una adaptación pasiva a los vaivenes geopolíticos mundiales – en los que el país no tiene ventajas ni claras fortalezas-, o si se establecerán metas concretas para mejorar las condiciones de vida de la población. Esta última opción, la de atender las necesidades de los grupos más vulnerables, es el verdadero interés nacional, además de que responde a los ofrecimientos de campaña, que aún resuenan en los rincones del país.
Las condiciones de vida de cada grupo social están directamente relacionadas con la forma y el grado en que se satisfacen sus necesidades. Por tanto, las metas de un estilo de desarrollo o Proyecto Nacional deben definirse en función de estas necesidades, abarcando todas aquellas que requieran un esfuerzo social o que sean responsabilidad gubernamental. Esto incluye dimensiones humanas fundamentales como la salud, la educación, la alimentación, la vivienda, la seguridad, el empleo y la protección social. Cada una de estas variables debe tener un abanico de posibles respuestas, niveles, valores o alternativas para su satisfacción, permitiendo así una definición precisa y contextualizada del progreso que se busca.
El Ecuador requiere que el gobierno asuma la responsabilidad de forjar con urgencia una estrategia nacional clara y propia. Es imperativo superar la inercia actual y, con auténtica sensibilidad social, liderar al país hacia una senda de recuperación económica y la disminución efectiva de los profundos problemas sociales, políticos, éticos y de seguridad. Es hora de abandonar los modelos que carecen de compromiso con el bienestar colectivo.