Cuando era niño, en la parroquia de Ascázubi, Cayambe, su madre y su abuela le daban tuna y le decían que esa fruta servía contra el cáncer. Marco Santillán Pazmiño les creyó tanto que quiso dedicarse a comprobarlo. Hoy tiene 29 años, trabaja en un laboratorio de Buenos Aires, pero encontró otra cosa: una señal de alarma que, al parecer, se queda encendida dentro de un hígado trasplantado y lo va llenando de cicatrices hasta que deja de funcionar. Con ese hallazgo obtuvo en septiembre, en Sídney, Australia junto con su mentor Gabriel Gondolesi, uno de los reconocimientos que The Transplantation Society concede a jóvenes investigadores y a quienes los dirigen. Santillán fue el seleccionado por América Latina.

¿Qué es el rechazo crónico del hígado trasplantado?
Hay dos formas de rechazar un órgano donado. El rechazo agudo llega en las primeras semanas o meses y suele cederle a los inmunosupresores, los medicamentos que frenan las defensas del paciente para que no ataquen el órgano nuevo. El rechazo crónico es el que preocupa: “Es un proceso lento, insidioso y progresivo a lo largo de meses o años”, explica Santillán.
Ese proceso avanza con fibrosis, tejido cicatricial que reemplaza al sano y no se puede deshacer. El hígado se endurece y los tratamientos habituales ya no alcanzan. Cuando el daño compromete el funcionamiento del órgano, el paciente puede necesitar otro trasplante. Empieza a manifestarse alrededor de los cinco años después de la cirugía, en entre el 10% y el 15% de trasplantados, dice el investigador.
El diagnóstico llega tarde. Depende de una biopsia: sacar un fragmento de hígado con una aguja para que un patólogo lo mire al microscopio. “Detecta la lesión de forma tardía, cuando la fibrosis ya está instalada”, señala. No hay pruebas de rutina, menos invasivas, que avisen antes.
De Ascázubi a un laboratorio de trasplantes en Buenos Aires
Santillán creció en Ascázubi, una parroquia rural del cantón Cayambe. Su madre trabajó como supervisora en una plantación de rosas y después como encargada de un minimarket; su padre se ha dedicado siempre a la ganadería. En casa, dice, le inculcaron el valor del estudio.
Hizo la primaria en la Escuela Ciudad de Guayaquil, en la propia parroquia, y la secundaria en la Unidad Educativa Cardenal Carlos María de la Torre, en El Quinche, a diez minutos en bus. Ahí no había laboratorios de alta complejidad y los recursos eran básicos. “El compromiso de mis profesores de ciencias naturales fue clave para despertar nuestra curiosidad científica”, recuerda. La decisión llegó en sexto curso, en una clase de biología superior dedicada a la biotecnología.
Se graduó de ingeniero en biotecnología en la UDLA en 2021. Supo por grupos de becas internacionales que un instituto argentino buscaba un becario doctoral, aplicó y pasó tres entrevistas. Vive en Buenos Aires desde junio de 2023 y en 2024 empezó el doctorado en la Universidad de Buenos Aires, con una beca de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica de Argentina. Investiga en el Instituto de Medicina Traslacional, Trasplante y Bioingeniería (IMETTyB) de la Universidad Favaloro.
¿Cómo buscó el origen de esas cicatrices?
Trabajó con biopsias de hígado de 29 pacientes trasplantados en el Hospital Universitario Fundación Favaloro, de operaciones hechas sobre todo desde 2020. Los fragmentos eran tan pequeños que tuvo que ajustar cada técnica para no desperdiciar material. El estudio es colectivo: él se encargó del análisis informático y de los ensayos de laboratorio; los equipos médico, quirúrgico y de patología del hospital seleccionaron a los pacientes y tomaron las biopsias.
Sumarlo fue una decisión deliberada del laboratorio, cuenta su codirector de tesis, el cirujano y trasplantólogo Gabriel Gondolesi: una apuesta por incorporar profesionales con perfiles de formación distintos, y Santillán venía de la biotecnología y la ingeniería.
“Hizo crecer y aumentó las perspectivas de trabajo sobre nuevas áreas”, dice el médico, y menciona una que no tiene que ver con el rechazo: sensores para medir la temperatura de los órganos mientras se enfrían y se conservan antes de ser trasplantados.
A las muestras les aplicó secuenciación de ARN, un método que mide a la vez la actividad de miles de genes: muestra cuáles están encendidos y cuáles apagados en ese tejido. Comparó a los pacientes que desarrollaron rechazo crónico con los que no.
Ahí está la ventaja del método: el microscopio muestra la cicatriz cuando el daño ya ocurrió, mientras que medir los genes permite ver “las señales de alerta tempranas que se activan antes de que la arquitectura del órgano se destruya”.
Tres programas distintos para quedarse con cuatro genes
Revisar miles de genes a mano es imposible. Santillán usó tres programas de inteligencia artificial -Random Forest, LASSO y SVM-RFE- con una sola tarea: señalar qué genes distinguen un hígado estable de uno que está fallando.
No se quedó con el resultado de ninguno por separado. Los tres funcionan con matemáticas distintas, así que cruzó sus respuestas y conservó solo los cuatro genes en los que coincidieron, un filtro que reduce el riesgo de que el hallazgo sea una casualidad del grupo de muestras. Esos cuatro candidatos se están comprobando ahora en el laboratorio, en un grupo más amplio de pacientes, con una técnica llamada PCR en tiempo real.
El hallazgo: qué enciende la cicatrización
La principal pista del estudio es la interleucina 33, una proteína que funciona como señal de alarma: cuando el hígado sufre un daño, la libera para avisar al sistema inmune. La señal la recibe una pieza llamada ST2. El equipo detectó además varios genes aumentados, ligados a la inflamación y a la reconstrucción del tejido.
Lo que cambia es el orden de los factores. “Antes se asumía que la fibrosis en el rechazo crónico era la consecuencia pasiva e inevitable del desgaste del injerto a lo largo de los años o del uso continuado de medicamentos”, dice. Su trabajo plantea que la cicatrización no sería un daño colateral que aparece al final, sino que estaría dirigida, posiblemente, por ese circuito inmunológico.
Él se lo explica así a un paciente: el hígado manda un pedido de auxilio cuando detecta inflamación y, si no se apaga, llama a las células que empiezan a llenarlo de cicatrices. “Si logramos apagar o bloquear esa señal a tiempo, podríamos evitar que el tejido se dañe”.
Gondolesi sitúa ahí lo original del trabajo: la identificación de “nuevos mecanismos asociados con la inmunidad innata”, la primera línea de defensa del organismo, como una alternativa posible para tratar el rechazo crónico del hígado y de otros órganos. El objetivo, dice, es reducir la pérdida de injertos después del trasplante y aumentar su supervivencia.
Lo que el estudio no puede afirmar sobre el rechazo del hígado trasplantado
Es un trabajo de descubrimiento, hecho con pocas biopsias. “No podemos afirmar aún que estos genes sean ya un test de diagnóstico clínico directo”, advierte Santillán. La vía puede convertirse en blanco de un futuro medicamento, pero antes hay que comprobar en ensayos clínicos si bloquearla evita el rechazo.
El resumen del trabajo está publicado en el suplemento de la revista Transplantation, donde salen los abstracts del congreso. El estudio completo aún no se ha enviado a ninguna revista: el equipo está en la fase de pruebas funcionales.
¿Cómo ganó el premio en el congreso de Sídney?
Santillán postuló a la convocatoria abierta de resúmenes del 31.º Congreso Internacional de The Transplantation Society, la cita que reúne cada dos años a los especialistas en trasplantes del mundo. Un comité evaluó los trabajos a ciegas y el 8 de junio de 2026 le llegó el correo con la noticia.
El reconocimiento no se entrega a una persona sola, sino a una dupla de investigador joven y mentor: Santillán y Gondolesi, que codirige la tesis dirigida por la doctora María Virginia Gentilini. La sociedad concede hasta 25 de estos premios por congreso y asegura al menos uno a cada una de sus seis regiones geográficas. El laboratorio eligió este trabajo y no otro de los suyos, explica Gondolesi, “por su originalidad y por el diseño”.
Expuso el miércoles 23 de septiembre, en una sesión sobre biomarcadores y daño crónico del injerto. El premio incluyó la inscripción, el diploma y un estímulo de 2 000 dólares, con el que pagó el pasaje y la visa. Para el hospedaje contó con la Embajada de Ecuador: la embajadora en Argentina, Diana Salazar Méndez, lo conectó con la embajadora en Australia, Patricia Terán.
De Sídney salió además el próximo paso: los asistentes le preguntaron si estos marcadores podrían medirse en sangre, el camino hacia un diagnóstico sin biopsia.
Ecuador: 8 trasplantes de hígado de donante cadavérico en 2026
En el país se trasplantan pocos hígados. Entre enero y septiembre de 2026 se hicieron ocho, el 1,57% de los 509 trasplantes del periodo, según el Instituto Nacional de Donación y Trasplante de Órganos, Tejidos y Células (Indot). En todo 2025 fueron 15 y en 2024, 17. Los tres informes coinciden en algo más: todos con donante cadavérico. Ecuador no tiene un solo trasplante de hígado con donante vivo, una modalidad que ya se practica en otros países.
Para investigar esto en el país, dice Santillán, harían falta laboratorios dedicados a la inmunología del trasplante, equipamiento de alta complejidad, permisos de bioética más ágiles y una articulación directa entre una universidad y un hospital que haga trasplantes, como la que tiene la Universidad Favaloro con el suyo. Hay grupos de inmunología general en Ecuador, señala, pero no líneas consolidadas en trasplante de órganos. Ninguna institución ecuatoriana lo ha contactado tras el premio.
Lo que viene: intentar apagar la alarma
La etapa final se hace fuera del cuerpo. El equipo trabajará con células hepáticas humanas cultivadas -las estrelladas, encargadas de fabricar las cicatrices- y las expondrá a la interleucina 33. Después intentará bloquear esa vía con anticuerpos e inhibidores, para comprobar si la cicatrización se puede prevenir, frenar o revertir.
Santillán calcula defender su tesis a mediados de 2028. Si los resultados se confirman, estima que lo primero en llegar a los pacientes, en tres a cinco años, sería una detección temprana: medir estos marcadores en sangre antes de que los análisis de rutina muestren daño. Un medicamento tomaría, según su cálculo, entre cinco y diez años, con la ventaja de que ya se estudian fármacos contra esa misma vía para otras enfermedades que producen fibrosis.
Su codirector pone la condición para que eso ocurra. “Necesitamos llevarlos a la práctica médica mediante estudios multicéntricos randomizados”, dice Gondolesi: ensayos en varios hospitales a la vez, en los que los pacientes se reparten al azar entre quienes reciben el tratamiento y quienes no.
Por ahora, dice, cuenta todo esto para “visibilizar que los jóvenes ecuatorianos poseemos la capacidad y el potencial para competir al más alto nivel global”.
Más información relacionada con el hígado
Preguntas frecuentes sobre el rechazo del hígado trasplantado
Es un deterioro lento del órgano donado, que avanza con cicatrices irreversibles y pérdida de función hasta que el paciente necesita otro trasplante. Se diferencia del rechazo agudo, que aparece en las primeras semanas y cede con los medicamentos inmunosupresores. El crónico empieza alrededor de los cinco años y no responde a los tratamientos habituales.
Que una proteína de alarma, la interleucina 33, y la pieza que recibe su señal, ST2, estarían dirigiendo la cicatrización del hígado trasplantado, en lugar de ser una consecuencia del desgaste. Lo planteó tras analizar la actividad de los genes en biopsias de 29 pacientes del Hospital Universitario Fundación Favaloro, en Buenos Aires, con tres programas de IA. Los genes candidatos aún se validan en el laboratorio.
Un Mentee-Mentor Award de ciencia básica y traslacional de The Transplantation Society, que se concede a una dupla de investigador joven y mentor: Santillán y Gabriel Gondolesi. La sociedad otorga hasta 25 por congreso, con al menos uno para cada una de sus seis regiones geográficas. Santillán fue el seleccionado por América Latina en el congreso de Sídney, en septiembre de 2026.
Todavía no. Es un estudio de descubrimiento con pocas biopsias y sus cuatro genes candidatos aún se están comprobando en el laboratorio. El investigador estima entre tres y cinco años para una prueba de detección temprana en sangre. Y entre cinco y diez para un medicamento dirigido, si los ensayos clínicos lo confirman. Son cálculos suyos, no plazos clínicos establecidos.
Ocho entre enero y septiembre de 2026, 15 en todo 2025 y 17 en 2024, según el Indot. El hepático representa menos del 3% de los trasplantes del país.
- Te recomendamos:
