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Paulina Tamayo merece que Ecuador preserve su legado

A pocos días de cumplirse un año de la muerte de Paulina Tamayo, Ecuador vuelve a escuchar su voz en homenajes, misas y conciertos. La memoria afectiva está viva. Lo que corresponde preguntar ahora es si esa memoria alcanzará para que su obra siga presente cuando desaparezca la intensidad de la conmemoración.

Tamayo murió el 21 de octubre de 2025, a los 60 años, después de más de cinco décadas de trayectoria. Desde niña convirtió al pasillo, el albazo, el pasacalle y otras expresiones de la música ecuatoriana en parte de una carrera que llegó a escenarios nacionales e internacionales.

Su figura trascendió además el espectáculo: para varias generaciones, su voz quedó asociada a una manera de sentir y representar al país.

Esta semana, sus hijos, Willie y Paola Tamayo, cantaron en su memoria durante una misa en la Basílica del Voto Nacional.

El 17 de octubre, herederos y representantes de figuras del pentagrama nacional se reunirán en el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura para el concierto ‘Leyendas Eternas’. A inicios de mes, la Casa de la Música y la Orquesta Sinfónica Nacional le dedicaron un homenaje.

Es justo que existan esos actos. Pero preservar un legado cultural requiere algo distinto a recordarlo cada aniversario.

El Instituto Nacional de Patrimonio Cultural considera patrimonio sonoro no solo las canciones, sino también grabaciones, partituras, cintas, documentos e instrumentos que contienen memoria artística. Y la UNESCO, que inscribió al pasillo ecuatoriano en 2021 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, subraya que su continuidad depende de la transmisión entre generaciones.

Ahí aparece una responsabilidad institucional concreta.

Ecuador podría organizar y digitalizar archivos de artistas fundamentales, recuperar grabaciones audiovisuales dispersas, documentar testimonios de músicos y productores, facilitar acceso público a esos materiales y promover investigaciones sobre sus trayectorias.

Conservatorios, universidades, escuelas, orquestas y medios públicos pueden incorporar repertorios nacionales no como piezas congeladas del pasado, sino como materiales vivos para interpretación, estudio y nuevas lecturas.

Eso exige también resolver derechos, archivos privados y coordinación con las familias. Preservar no significa apropiarse de una obra ni convertirla en monumento oficial. Significa crear condiciones para que pueda seguir circulando, estudiándose y reinterpretándose.

El desafío es importante en una época en que la escucha depende de plataformas globales, algoritmos y catálogos comerciales. Estar disponible en internet no equivale a permanecer en la memoria cultural. Una canción puede existir digitalmente y, aun así, desaparecer de la conversación de nuevas generaciones.

El legado de Paulina Tamayo pertenece primero a su obra y a quienes la construyeron con ella. Pero también forma parte de una memoria musical ecuatoriana que las instituciones tienen la obligación de ayudar a conservar.

El mejor homenaje no será repetir cada octubre que fue ‘La Grande del Ecuador’. Será conseguir que dentro de veinte años alguien pueda escucharla, estudiarla, comprender el tiempo que representó y encontrar en su voz algo todavía propio.

La memoria cultural perdura cuando deja de depender únicamente del recuerdo individual.

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