
Cuando me enteré de la muerte de Piero, puse un vinilo usado que tengo con algunos de sus grandes éxitos. Mientras sonaban las canciones pensé en escenas de su larga trayectoria y, inevitablemente, en cómo habrá reaccionado su padre cuando Piero y José Tcherkaski terminaron ‘Mi viejo‘ y decidieron mostrársela.
Piero quiso llevarla inmediatamente a casa. Tomó la guitarra y se la cantó a su padre, Lino, que entonces tenía apenas 48 años. Cuando levantó la mirada encontró una escena que no esperaba: su padre estaba llorando. La emoción, sin embargo, no le quitó el humor. Después de secarse las lágrimas, Lino bromeó con aquello de que el viejo caminaba lento. Tal vez sin saberlo, acababa de dar su primera aprobación a una canción que después dejaría de pertenecer únicamente a ellos.
Una canción antes de entenderla
Yo llegué a ‘Mi viejo‘ muchos años después, en Cuenca, a comienzos de los noventa. En las mañanas escolares, el profesor de música afinaba el acordeón y nosotros cantábamos a las ocho, todavía con ganas de dormir. Tendría unos nueve años y había una palabra de aquella letra que siempre me producía curiosidad: tranvía.
No sabía exactamente qué era. Mi imaginación infantil trataba de construir algún aparato que pudiera encajar dentro de la canción. Años después entendería su significado y la vida terminaría regalándome una pequeña ironía: aquella Cuenca en la que un niño no sabía qué era un tranvía acabaría teniendo uno recorriendo sus calles.
Hay canciones que uno aprende de niño y solo termina de entender cuando la vida lo cambia de lugar.
Tampoco entendía realmente de qué hablaba ‘Mi viejo‘. Cantábamos porque nos enseñaban a cantarla, como ocurre con tantas canciones que llegan a nosotros antes de que tengamos edad suficiente para comprenderlas. Con el tiempo escuché diferentes versiones debo confesar que la de Nicola Di Bari siempre me ha gustado, pero esta canción continúa llevándome a aquel salón, al sonido del acordeón y a ese niño que repetía palabras cuyo verdadero peso todavía estaba lejos de conocer. Hoy hace otro trabajo: me lleva directamente a las entrañas y, sobre todo, a mi padre.
En los dos lados del puente
Hoy tengo 43 años y la vida me ha colocado en una posición muy distinta frente a aquella canción. Sigo siendo hijo, con un padre a cientos de kilómetros de distancia, y ahora comienzo a mirar el paso del tiempo desde otra perspectiva. Uno crece pensando que los padres son una especie de estructura permanente. Después descubre que también se cansan, envejecen, guardan preocupaciones y libran batallas que, cuando éramos niños, probablemente nunca vimos.
Pero al mismo tiempo soy padre. Corro detrás de un niño de tres años mientras acompaño las preguntas, los cambios y las conversaciones de otro de trece. Estoy en esa edad extraña en la que todavía puedo mirar hacia arriba buscando a mi padre, mientras detrás de mí también hay dos hijos observando cómo camino.
Quizá por eso ‘Mi viejo‘ ya no me habla solamente de él. En algún momento, sin darme cuenta, también empezó a hablar de mí. Ahora entiendo de otra manera el cansancio, las responsabilidades, esa obsesión adulta por resolverlo todo y la sensación de que el tiempo comenzó a correr mucho más rápido.
Las canciones que quedan
El vinilo dio la vuelta y sonó ‘Para el pueblo lo que es del pueblo‘. Ahí apareció el otro Piero, el que no cantaba solamente al padre o a los afectos. También cantó a la gente común, a la justicia, a la dignidad y a esas desigualdades que América Latina todavía intenta resolver.
Eso también forma parte de su legado. Piero no se conformó con entretener: preguntó, incomodó y acompañó. Hizo canciones sobre el amor y la familia, pero también dejó himnos.
Y, sin embargo, mi relación con Piero empezó en otro lugar: un salón de escuela en Cuenca, un acordeón a las ocho de la mañana y un niño tratando de imaginar qué era un tranvía.
Hoy escucho ‘Mi viejo‘ desde lejos y pienso en mi padre.
Gracias, Piero.
