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La psicología de chupar helado

Blog Sobremesa

Lo más probable es que, si usted está en el Ecuador, en algún punto durante este feriado, se va a chupar un helado. Tal vez estará de paseo con toda la familia, recorriendo algún centro comercial, una calle del barrio, o una plaza con pileta en el centro. 

De pronto le da un antojo en pleno camino, y se compra de esos helados estilo Salcedo que venden en la carretera, o de los de máquina que suelen vender en los semáforos aquellas mujeres bonitas. 

Si va a aprovechar el feriado para ir a la playa, seguro se cruza por ahí el señor de los Pingüino. En paz descansa Edmundo Kronfle Abbud, quien hace siete décadas alentaba a sus clientes a pedir un pingüino cuando se referían a un helado. 

A lo mejor le sirven una copa de helado en el almuerzo familiar, y dependiendo de su familia, hasta le den sabores a escoger. Puede que se chupe un helado como excusa para salir de la casa, ir a encontrarse con amigos, o hasta se atreva a invitarle un heladito a esa persona que siempre le devuelve la sonrisa. 

Sea como sea, el momento está por llegar, y a menos que sin querer se le caiga al piso, ese instante de recibir su helado va a ser indiscutiblemente feliz. 

Hace un tiempo, unos psicólogos belgas se pusieron a invitar helados a la gente. Su conclusión fue decretar que el helado nos hace felices. Ahora bien, cada uno ocupa su tiempo como mejor le parece, pero como que esa era una conclusión que cualquier persona con dos dedos de frente pudiese haber alcanzado. En todo caso, ahora apoyados en la ciencia, podemos categóricamente diagnosticar un cono, vasito, copa o palito a quien ande medio bajoneado. 

En nuestro país de maravillas, los helados que se sientan en la congeladora de la tienda son tan solo la base de una felicidad compartida. De ahí empieza la enorme expansión de los helados artesanales, porque entre tanta fruta dulce, tanto pico Andino, y el fuerte sol de mediodía, el helado de paila es una de las ideas culinarias con mayor sensatez. 

Ustedes me dirán, porque lamentablemente las estadísticas del consumo de helado en el Ecuador son más escasas que el valor nutricional de un helado de palito de limón. Me parece a mí, sin embargo, que donde los ecuatorianos nos diferenciamos en nuestro consumo de helado de otras culturas, está en las construcciones sociales que nos permiten contentarnos con un helado. 

Me explico: en algunos países del hemisferio norte — donde abundan las estadísticas heladeras, por cierto — el ciudadano común consume la mayor parte de su helado en casa, de grandes contenedores que compra en el supermercado. Tomar helado no es visto necesariamente como una actividad social, es más, se habla abiertamente en la cultura popular de lugares como Estados Unidos y Canadá de consumir helado como parte de un ritual de consuelo al recibir malas noticias.

Cuando los ecuatorianos recibimos malas noticias, el último lugar que visitamos es la heladería. La heladería es para la felicidad; nadie va despechado a la heladería. Y si llegase a pasar, así como que la familia entera se va a tomar un helado, y Pepito, que está hecho papel porque la novia le cortó, no tiene de otra más que acompañar a su familia al reino de jugo dulce congelado. 

Pobre Pepito, se acordó de lo bien que pasó aquí con esa muchacha, paseó sus ojos por los sabores de maracuyá, mandarina, tomate de árbol, tamarindo, mora, naranjilla, y luego, de un momento a otro, se dio cuenta que si no iba a tener que compartir el helado con el ahora ex-amor de su vida, se podía pedir el de higos que a ella no le gusta. Doble, también. Tal vez en unas horas más la vuelva a extrañar, pero este rato, rodeado de su familia, con un tulipán doble de helado de higos con queso, va a sonreír, porque así como la felicidad, el helado es efímero.