Leer una frase no significa necesariamente comprenderla, y comprender un texto tampoco es solo reconocer palabras conocidas. PISA 2025 puso esa diferencia: solo 38% de los adolescentes ecuatorianos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia en lectura.
Esto frente al 69% del promedio de la OCDE. Ecuador obtuvo 385 puntos, 76 menos que ese promedio.
Eso significa que 62% de estudiantes evaluados se ubicó por debajo del nivel que la OCDE considera mínimo para desenvolverse con solvencia en lectura.
En ese nivel mínimo, un estudiante puede identificar la idea principal de un texto de extensión moderada. También puede localizar información a partir de criterios explícitos, entre otras habilidades. Es el punto de partida.
La comparación con la prueba de 2017, cuando Ecuador rindió PISA para el Desarrollo, una versión adaptada para países de ingresos medios y bajos, añade una señal. La proporción de estudiantes por debajo del nivel mínimo de competencia aumentó 11 puntos porcentuales en lectura entre 2017 y 2025, frente a nueve puntos en matemáticas, mientras que en ciencias no hubo un cambio significativo.
La propia OCDE ofrece una explicación que conviene tomar en serio antes de hablar de retroceso. Entre 2017 y 2025, Ecuador amplió el acceso al bachillerato a miles de adolescentes que antes quedaban fuera del sistema.
Eso mueve el promedio hacia abajo, aunque el país esté incluyendo a más jóvenes en la educación formal. Pero esa salvedad no cierra la conversación. Lo que revela el resultado de 2025 no es solo cómo cambió el desempeño de Ecuador. El problema de fondo es cuánta distancia le queda por recorrer con los estudiantes que ya tiene dentro del aula.
Ecuador no enfrenta esto en solitario. La OCDE advierte que la lectura registró la caída más pronunciada de las tres materias evaluadas. Esto es 28 puntos menos, en promedio, entre 2015 y 2025, más que las caídas registradas en matemáticas y ciencias.
La organización recuerda que las habilidades lectoras sustentan el aprendizaje a lo largo del currículo. Pero la distancia de Ecuador frente a ese promedio, ya debilitado, sigue siendo enorme: 385 frente a 461 puntos.
Esa distancia también se mide en cuántos llegan a los niveles superiores de la escala. En el nivel 5, según el anexo técnico de Ineval, un lector distingue un hecho de una opinión, evalúa si un texto es neutral o está sesgado, y saca conclusiones propias sobre qué tan confiable es una afirmación, con base en señales que pueden ser explícitas o implícitas.
En Ecuador, ningún estudiante llega a ese nivel; en la OCDE, el 6% sí. No es un dato menor. Esas son las habilidades que la OCDE considera especialmente importantes en la era de la inteligencia artificial. Se trata de evaluar información, conectar distintas fuentes y pensar críticamente sobre lo que se lee.
El propio Ineval encontró que los estudiantes que reportaron evaluar con frecuencia la calidad de las respuestas de la IA obtuvieron, en promedio, 19 puntos más en lectura que quienes no lo hicieron. La lectura crítica no compite con la inteligencia artificial: decide si se le puede creer.
Hay, además, una desigualdad que en lectura es más pronunciada que en cualquier otra materia evaluada por PISA 2025 en Ecuador. La brecha entre estudiantes más favorecidos y desfavorecidos llega hasta 87 puntos en lectura, frente a 86 en ciencias y 68 en matemáticas, según el informe nacional de Ineval.
Es también la materia donde más pesa el tipo de colegio: la diferencia entre un estudiante fiscal y uno particular llega a 92 puntos, por encima de los 88 de ciencias y los 71 de matemáticas. Esa brecha, en cambio, casi desaparece entre colegios urbanos y rurales una vez que se considera el nivel socioeconómico de sus estudiantes: de 32 puntos brutos se reduce a 2, sin significancia estadística.
El resultado sugiere que, en lectura, las diferencias socioeconómicas pesan mucho más que las territoriales. Dicho de otro modo: el problema no está solo en dónde estudia un adolescente, sino también en las condiciones sociales y económicas que rodean su aprendizaje.
Ese dato debería obligar a mirar la comprensión lectora no como una materia entre otras, sino como la que sostiene a las demás. La propia OCDE lo plantea así: las habilidades lectoras sustentan el aprendizaje a lo largo de todo el currículo y son esenciales para encontrar, evaluar, interpretar y reflexionar sobre la información en un mundo cada vez más digital.
Un estudiante que no entiende del todo lo que lee difícilmente resuelve un problema de matemáticas planteado en palabras, o evalúa si un experimento científico prueba lo que dice probar. La comprensión lectora es una infraestructura silenciosa: atraviesa las demás áreas y condiciona la capacidad de interpretar información, seguir instrucciones, evaluar evidencia y construir conocimiento.
El resultado de PISA 2025 no debería convertirse en otra cifra que se comenta unos días y después se archiva. Si seis de cada diez adolescentes ecuatorianos están por debajo del nivel mínimo de competencia lectora, no basta con reconocer el problema.
El Ministerio de Educación debe explicar qué va a hacer y cuándo el país podrá saber si esas medidas están funcionando. Porque enseñar a leer no termina cuando un estudiante logra descifrar las palabras. Empieza cuando puede comprenderlas, cuestionarlas y usarlas para pensar.
Encuentre más editoriales de opinión aquí