En medio de la inclemencia que vive el país, y mientras el gobierno nos predica austeridad, este 4 de marzo la Asamblea Nacional se agasajó con un bono de residencia de tres salarios básicos unificados (1 446 dólares) para quienes viven fuera de la capital, que se suma a su salario nominal de 4 759 dólares y los viáticos de entre 150 y 250 dólares por día. El beneficio aplicaría para 136 representantes de provincias, del total de 151 asambleístas, así como a sus asesores y secretarios. Aunque, como un fino detalle de gentileza, congelaron el bono para que no tenga ajustes automáticos.
Puesto en contexto, quiere decir que, con el dinero del Estado, los asambleístas tienen más ingresos que la clase alta del Ecuador, cuyos ingresos promedio mensuales son de 4 013 dólares; ganan ocho veces más que la clase media, cuyo ingreso promedio es de 712 dólares; y 70 veces más que los pobres, quienes sobreviven con 90 dólares al mes. Sin contar que 37% de la población no tiene un empleo adecuado y otro 3,6% está desempleada, según cifras del INEC.
Pero este Congreso permanente solo empezó a funcionar con la Constitución de 1979, cuando las ventas petroleras llevaron a buscar la ‘modernización’ del país. Antes, el Parlamento se reunía tres meses al año –generalmente entre agosto y octubre– en el Salón Amarillo del Palacio de Carondelet, donde senadores y diputados estaban separados por una cortina. No cobraban sueldo (menos aún bonos), pues ser parte del Poder Legislativo se consideraba un honor y una obligación, por lo que únicamente percibían ‘dietas’ que les permitían permanecer en la capital y cubrir la comida durante ese trimestre.
Seguramente, con la aceleración de la vida actual, esa opción ya no sea conveniente, pero podríamos considerar la actual Asamblea General suiza, cuyos miembros no tienen un sueldo fijo sino una dieta por día de sesión, más comisiones y una suma anual que hace les permite contar con ingresos similares al promedio de la población. Esto es posible porque no son políticos profesionales sino personas que mantienen sus trabajos y dedican un 25% de su tiempo a la Asamblea. De esa manera, Suiza puede contar con 246 representantes, 68% más que el Ecuador, pese a tener la mitad de habitantes.
Por lo pronto, los asambleístas ecuatorianos merecen los adjetivos que Jesús dio a los fariseos: “dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas tan pesadas que es imposible soportarlas, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo.”