Gail Lane pasó una década en la oscuridad. Una enfermedad autoinmune dejó cicatrices profundas en sus córneas, robándole la visión y alterando su vida. Sin embargo, una cirugía poco común, conocida como osteoodontoqueratoprótesis o “diente en el ojo”, le devolvió lo que creía perdido para siempre.
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Medios como El Tiempo y Red Uno relataron que Lane, de 75 años y residente en Canadá, se convirtió en una de las tres personas en el país en someterse a este procedimiento pionero. La operación fue liderada por el oftalmólogo Greg Moloney en el Hospital Mount Saint Joseph de Vancouver.
🦷 Gail Lane y el diente que le devolvió la luz
El tratamiento comenzó con la extracción de un canino de Lane. Este fue implantado temporalmente en su mejilla para que el tejido conectivo lo rodeara y lo fortaleciera. Meses después, el diente se retiró y se adaptó para sostener una diminuta lente de plástico.
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Esa estructura fue insertada en la cuenca de su ojo izquierdo, reemplazando la córnea dañada. Según explicó Moloney, el uso de un diente propio reduce el riesgo de rechazo del implante y crea un soporte sólido para el lente.
🌈 La primera imagen que volvió a ver
Tras la cirugía, Lane distinguió primero una fuente de luz. Luego, un detalle que la marcó: el movimiento de la cola de Piper, el perro de servicio de su pareja Phil. Con el tiempo, los colores, los árboles, el césped y las flores reaparecieron en su campo visual.
El Tiempo destacó que, seis meses después, Lane vivió un momento único: ver el rostro de Phil por primera vez. Lo había conocido ya sin visión, y ese instante se convirtió en uno de los más emotivos de su vida.
💡 Una nueva vida después de la ceguera
Red Uno señaló que antes de la operación Lane usaba una aplicación para elegir su ropa con ayuda de voluntarios. Ahora, lo hace sola. “Es una sensación maravillosa poder ver de nuevo algunas cosas. Tengo muchas ganas de descubrir qué más puedo hacer”, expresó.
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Este caso no solo representa un avance médico. También es un mensaje de esperanza para quienes enfrentan enfermedades oculares graves. Aunque la técnica sigue siendo un recurso extremo, historias como la de Gail Lane demuestran que la ciencia aún puede sorprender.