Dos corrientes o tendencias circulan por el mundo: las personas que argumentan que las tecnologías son signos de superación y progreso ilimitado de la condición humana; y las personas que avizoran la llegada del anticristo, porque las tecnologías son, supuestamente, engendros del mal.
Ni lo uno ni lo otro; sino todo lo contrario, como dice la gente. El término tecnología proviene de la palabra griega “tekne” (técnico, máquina, oficio) y “logos” (ciencia y conocimiento). Se sostiene que la tecnología, en términos amplios, es la ciencia aplicada.
Las tecnologías permiten acceso rápido a la información y a conocimientos; estimulan la creatividad y la innovación; facilitan la comunicación; simplifican las tareas, automatizan las tareas escolares y laborales; y, mejoran la calidad de vida y el bienestar. Entre las desventajas se mencionan: influyen negativamente (en casos) en la productividad; plantean dilemas éticos complejos; generan desempleo; estimulan el aislamiento y la soledad; impiden separar lo real de lo virtual; generan desechos; ocasionan problemas con la privacidad y la seguridad; y, posibilitan la creación de armas.
Los optimistas subrayan que las tecnologías constituyen panaceas; es decir, ofrecen soluciones fáciles, rápidas y baratas; los pesimistas, las comparan con drogas o adicciones voluntarias que matan la capacidad de crear, por las rutinas y ejercicios que dan todo por hecho. Los optimistas usan las tecnologías para comunicarse y mejorar los ingresos, pues basta estar “conectados”; los pesimistas añoran la escritura a mano, la caligrafía y la ortografía, en aras de un teclado que mata la imaginación. Los optimistas suspiran con las tecnologías porque ven el cielo cercano: solo hay que buscar aplicaciones y solucionar problemas. Los pesimistas ven en las tecnologías la llegada del maligno, a través de programas y programadores que buscan ganar dinero y poder, y la caída del humanismo en manos del mercado.
Las posiciones extremistas no ayudan a vislumbrar respuestas equilibradas. A nivel internacional, el Pacto Digital Global, aprobado por las Naciones Unidas, plantea la necesidad de regular las redes sociales, las empresas tecnológicas y la inteligencia artificial.
En el campo institucional y personal, las alternativas son variopintas sobre la base del reconocimiento que las tecnologías son herramientas y no fines en sí mismas. Los seres humanos tenemos que gobernar estas herramientas, y no dejarnos manipular por ese nuevo poder que se cierne sobre nuestras neuronas.
Ninguna tecnología es neutra, porque, aunque sea gratuita, lleva en su esencia no la Lógica de Aristóteles, sino la del mercado o, lo que algunos sostienen: la colonización de nuestras mentes y corazones, pues, en última instancia, todos nos convertimos en clientes.
Que no nos dominen las máquinas revestidas de robots con figuras humanas, en nombre de la inteligencia artificial; que prevalezca la razón, nuestros sentimientos y, en última instancia, nuestras capacidades de errar y aprender por sí mismos.
Las tecnologías no son ángeles ni demonios. ¿Llegará el tiempo en que la Ética subordine a las tecnologías?