Cuando el terremoto de Japón sacudió al mundo en marzo de 2011, las olas del tsunami llegaron de noche a Galápagos. Dañaron la infraestructura en San Cristóbal y Santa Cruz. En Puerto Ayora el mar se secó y la población evacuó. Afortunadamente, nadie resultó herido, aunque esa mala experiencia dejó una pregunta abierta sobre qué pasaría con un evento mayor.
Quince años después, Santa Cruz, Isabela y San Cristóbal recibieron de la Unesco la certificación Tsunami Ready. Son las primeras localidades de Ecuador y de Sudamérica con ese sello. San Cristóbal ya lo tenía desde 2024. La certificación cubre a cerca de 30 000 habitantes y dura cuatro años.
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Detrás del sello hay un trabajo concreto. Por ejemplo, los mapas de inundación salieron de un estudio con el Inocar y de la experiencia de la cooperación japonesa JICA. Las rutas de evacuación tienen señales en español y en inglés.
En San Cristóbal, las zonas seguras están a más de 30 metros sobre el nivel del mar. En Puerto Ayora, una torre con sirena se conecta al sistema de información del océano y cada domingo emite una prueba. Los guías, obligatorios en las visitas, explican a los turistas qué hacer si suena la alerta.
Nada de eso dependió solo de los municipios. Es una participación de las organizaciones de la sociedad civil, las autoridades nacionales y de otros organismos. Un plan de este tipo necesita aliados técnicos y respaldo sostenido, además de la voluntad política.
Aunque hay que dejar sentado que la certificación por sí sola no garantiza que no vaya a haber pérdidas. Sin embargo, estar siempre listos y preparados son medidas de prevención. La población y las autoridades deben seguir perfeccionando y recordando con simulacros esos indicadores preventivos.
Ahí, la labor del Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada del Ecuador (Inocar) -como ente ejecutor- es determinante e importante. Su vigilancia y seguimiento es valiosa para que las actividades de preparación ante un tsunami resistan el paso del tiempo en Galápagos.
Lo que hace Galápagos es un ejemplo para que más zonas costeras en Ecuador continental se interesen y se sumen a esta preparación. El mismo Inocar espera que más zonas continentales se preparen con el programa. La meta global es tener ciudades resilientes hasta 2030. Por lo pronto, Salinas ha mostrado interés y debe dar el segundo paso para sumarse a la iniciativa.
La preparación para eventos con este tiene un argumento económico de peso. En Japón, un dólar invertido en prevención puede ahorrar siete en recuperación. Ecuador tiene una costa expuesta a terremotos y tsunamis, y la reconstrucción cuesta más que la preparación. Galápagos ofrece un método probado que otros pueden adaptar.
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