La llegada de Delcy Rodríguez a Nueva York condensa una de las contradicciones del proceso venezolano. Quien durante años denunció a Estados Unidos desde el poder chavista llega ahora como presidenta encargada, recibida por funcionarios estadounidenses, para intervenir ante la ONU y reunirse con Donald Trump.
El chavismo presenta la escena como una “gran victoria” diplomática. También puede leerse como evidencia de cuánto cambió la relación de fuerzas desde enero.
Rodríguez no llegó a la Presidencia mediante una elección posterior a la salida de Nicolás Maduro. Tras la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero, el Tribunal Supremo ordenó que asumiera temporalmente por ser vicepresidenta y luego fue juramentada por la Asamblea Nacional. Desde entonces gobierna bajo una relación estrecha con Washington, que ha adquirido una influencia inédita sobre la transición venezolana.
El contraste con su discurso anterior es evidente. En la Asamblea General de 2019, Rodríguez acusó a Estados Unidos de imponer un “bloqueo financiero” y presentó a Venezuela como víctima de una agresión contra el multilateralismo. Siete años después llega hablando de encuentro, cooperación y entendimiento, mientras tiene prevista una reunión con Trump y su delegación conversa con el FMI, el Banco Mundial y el BID sobre deuda, energía y reconstrucción.
La política exterior puede cambiar cuando cambian las circunstancias. El problema venezolano no está en que antiguos adversarios dialoguen. Está en qué produce ese diálogo hacia dentro.
Desde enero se han registrado liberaciones de presos, algunas medidas de apertura y el cierre anunciado de El Helicoide. Sin embargo, una misión de la ONU señaló este mes que buena parte del aparato represivo permanece intacto, que continúan detenciones arbitrarias y que funcionarios vinculados con abusos siguen ocupando posiciones de poder.
Tampoco existe un calendario electoral definido. Rodríguez ha dicho que habrá elecciones cuando Venezuela esté “preparada”. Paralelamente, las negociaciones auspiciadas por Estados Unidos entre el Gobierno interino y un sector opositor buscan reformar instituciones antes de futuros comicios, pero María Corina Machado no participa en ellas. Esa exclusión muestra que la transición negociada no incorpora hoy a todo el arco opositor.
Para la ciudadanía, esa indefinición puede ser más importante que la fotografía de Nueva York. Una transición no se mide solo por reconocimiento internacional, reapertura diplomática o acuerdos petroleros. También necesita reglas previsibles, garantías políticas, instituciones capaces de arbitrar y una ruta electoral que no dependa indefinidamente de decisiones tomadas fuera del voto.
La presencia de Rodríguez en la ONU puede ser celebrada por el chavismo como normalización y por Washington como resultado de su estrategia. Ambas lecturas describen intereses reales. Pero el desafío venezolano sigue estando dentro del país.
La prueba será si este acercamiento produce instituciones más abiertas, garantías para todas las fuerzas políticas y elecciones competitivas con un calendario creíble. Sin esos elementos, la transición corre el riesgo de cambiar alianzas internacionales sin resolver la pregunta central: cuándo podrán los venezolanos decidir, mediante el voto, quién debe gobernarlos.
Esa sigue siendo la medida democrática que ninguna fotografía diplomática puede reemplazar realmente.