“Alguien me habló todos los días de mi vida/ Al oído, despacio, lentamente./ Me dijo: ¡vive, vive, vive! Era la muerte” (Sabines).
Philippe Ariès, en El hombre ante la muerte, 2011, cita la duda que conmovió a san Alberto Magno (siglo XIII) en su agonía: “¿Duraré?” Interrogante que deviene esencia del desasosiego humano frente a la muerte.
En su novela Pabellón del cáncer, Solzhenitsyn pregunta: “¿Quedará un minúsculo fragmento de mi alma en el espíritu universal?”.
Temor y horror de lo desconocido
Desgarrador anhelo de perpetuarse después de morir. El miedo de ignorar qué será de nosotros después del tránsito supremo. Pregunta sin respuesta de quienes apuramos la vida. Incógnita que palpita en los postreros meandros del ser. Angustia que desazona y devasta. ¿Todo termina luego de morir?
La conciencia de la brevedad de la vida y el miedo a morir se pierden en el silencio del pasado. El miedo de morir está atado al ejercicio cognitivo de discernir nuestra partida final como un episodio inescrutable.
Propio de los seres humanos, parecería que también es advertido por otras especies. Ficción o realidad, los elefantes presienten su muerte e inician su marcha funérea –lenta, pesada, majestuosa–. Hemingway la vio similar a los traslados de la negritud de Nueva Orleans.
El león cuando percibe su final da vueltas en medio de rugidos lastimeros, oculto de su manada, señal del sitio donde yacen sus ancestros y en el cual él quiere emitir su último rugido.
El mono aullador difunde un gemido que se escucha a distancias extremas cuando mira el cadáver de alguien que amó y trata de revivirlo.
Todo lo que late tiene un final. ¿Quién no ha sentido miedo ante la muerte? Pocos –santos, mártires, héroes– han enfrentado la muerte sin temor.
La muerte fascina y aterra. Hay en ella un magnetismo que en algunos se torna angustia sin nombre. Cuando se apacigua el dolor, el instante final parece dilatarse, pero cuando se fusionan el pavor a la muerte y el mal que se padece, sobreviene el final vertiginoso.
El miedo a la muerte palpita –callado, secreto– en nuestro ser. Extinto el cuerpo, ¿se instaura el reino de la nada? Todas las religiones ofrecen respuestas esperanzadoras, pero la pregunta terca, hierática, atemporal sigue en pie: “¿duraremos”?
¿Cuándo el ser humano empieza a presentir su caducidad y a avizorar la muerte como su final ineluctable? El asunto concierne a civilizaciones y culturas. Lo cierto es que no ha habido ser humano en la historia que, de una u otra forma, no haya sentido la marca de su fragilidad y la brevedad de su propio fin.
Hay quienes han intentado vaticinar su muerte. Miguel Hernández la vio acercarse, apuñalándolo por la espalda: terminó consumido por la tuberculosis, solo y olvidado. César Vallejo es, quizás, quien más se aproximó a su presagio: morir en París con aguacero.
Miguel de Unamuno la avizoró una noche, murió –se diría “plácidamente”– después de almorzar, mientras dormitaba: “Méteme Padre Eterno, en tu pecho/ misterioso hogar/… pues vengo desecho del duro bregar”. ¿Para qué “bregar”, por qué? ¿Por la fama, la fortuna, los ideales, los demás; porque nuestro nombre perdure?
Sócrates, pequeño, obeso, feo y alucinador, bebió de un trago la cicuta y, obedeciendo a sus verdugos, caminó para que el veneno recorra su cuerpo y apresure su final. Critón, su discípulo fiel, le preguntó su última voluntad: “Debemos a Asclepio un gallo y hay que pagarle”, respondió.
Los místicos sintieron su alma cautiva en el presidio del cuerpo corruptor para la comunión con Dios… Delirantes, arrebatados, extasiados, paganos virtuosos de la muerte: Sócrates, Séneca, Cornelio, Cleopatra, Aníbal… Éxtasis con Dios o sin Él. “La muerte no nos concierne”, proclamó Epicuro.
Y el enajenamiento de los posesos medievales, atiborrados de cornezuelo –hongo base del LSD–, cuyos delirios anticiparon, siglos después, las visiones que trastornarían al movimiento hippie del siglo XX.
Así han pasado los siglos, incapaces de admitir la partida de nuestros seres amados, sin importar que la demencia los haya escombrado o se hallen en estado vegetativo; sin advertir que, quizá, al rezagar su final, se les irroga mayor daño.
Miedo al infierno o a la nada; éxtasis de morir o ruego porque ya no es posible soportar más dolor. En el Medievo se glorificaron las “bellas muertes”; millones lloran a sus muertos, otros los despiden con cánticos y bailes; muertes “gloriosas”: las de los campos de batalla, o “ascéticas”, ofrecidas a Dios mediante ayunos… Lo cierto es que en el común de los mortales sigue susurrando en sus adentros la imposible frase: “¿duraré?”. Y no faltará quien, con Quevedo, se vaya de esta vida convencido de que: “su cuerpo dejará, no su cuidado;/ serán ceniza, mas tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado”.