Estamos inundados de palabras. El lenguaje humano se expresa en palabras, y el diccionario registra nuevos vocablos, porque nuestra maravillosa lengua, el español, es un ser vivo.
También existen palabras moribundas, que no mueren porque quedan en nuestros recuerdos. Y, según los filósofos, algunas palabras fracasan no por el contenido -el fondo del discurso- sino por el continente o la forma como es emitido, según las audiencias.
Expliquémonos. Las palabras, en realidad, no fracasan, sino quienes las emiten en circunstancias diversas. En ese contexto, considero que una de las palabras más dulces y seductoras es el amor. El amor es un sentimiento universal que pervive en todas las culturas, porque está instalado en los sentimientos y no solamente en las razones. ¡El amor no tiene ideologías!
Pero hay otras palabras, asimismo, seductoras: la ternura, la alegría, la confianza, la honradez, la paz y una muy apetecida: el placer. El placer de lo bello, de los colores y olores, de los sonidos, y en especial del silencio. El placer de estar con uno mismo y con la persona elegida. El placer de disfrutar con responsabilidad la vida, con una buena lectura, una buena sinfonía, una buena comida, un juego… y el aire fresco de la mañana o el sabor de la lluvia. Es curioso: somos, al mismo tiempo, emisores y receptores. ¡Audiencias!
La audiencia tiene entonces matices: escucharse a sí mismo -a la conciencia-, en primer lugar; escuchar a las personas que nos rodean y percibir que en cada una hay mucho que aprender. Y mirar a los ojos, porque “el que mira se mira”.
Las palabras están llenas de signos y significados. Para los cristianos la palabra es el Verbo, el comienzo y el fin, el alfa y el omega. Para otros es, simplemente, la unión de consonantes y vocales, que describen un sujeto o un objeto de la realidad, que expresan un pensamiento o una idea.
En lo personal, una palabra me ha interpelado toda la vida. Tiene una consonante y una vocal: Sí. Es el signo que, en todos los idiomas, significa: afirmación, positivo, asertividad, consentimiento, aprobación, permiso, confirmación, verdad. ¿Hemos sido coherentes con el Sí?
El éxito y el fracaso de la condición humana depende de esta palabra ligera, unívoca, pero determinante. Porque el Sí es una palabra performativa -encierra una acción y no meramente un enunciado o una adhesión intelectual-; significa comprometerse en algo o con alguien, y comienza con uno mismo.
Sería interesante no culpar a las palabras, sino a las motivaciones que nos llevan a expresarlas. Y honrar la palabra equivale a optar por la verdad, que es la madre de todas virtudes, aunque no seamos filósofos.